En Abril de 2015 Fabian y yo estábamos sentados frente al mar en Punta de Choros (Coquimbo, Chile), luego de algunas inmersiones de buceo.

Conocía a Fabian desde que cursamos pre-kinder en el colegio en La Serena (Chile), y compartimos la pasión por las actividades en la naturaleza desde muy pequeños. Ese día, mientras mirábamos maravillados el atardecer lleno de soplos de ballena en el horizonte, nos preguntamos: «¿Por qué nadie sabe de esto?»


Conectando con el mar

Años antes, en 2011, yo había tenido la oportunidad de bucear en Australia, Malasia, Tailandia y Camboya. Fue una experiencia increíble, llena de encuentros con tortugas marinas, tiburones, mantarrayas, y cientos de maravillosas —y para mi poco conocidas— especies submarinas. Me maravillé con la abundancia de vida, con los colores, me sentí bajo el agua como si estuviera visitando otro planeta. 

También me sorprendí de la cantidad de plástico que encontré en el fondo del mar. No era difícil encontrarse con un pez o una tortuga atorada en una red, con botellas en el fondo marino o con bolsas plásticas flotando en la superficie.

La mayor sorpresa me la llevé cuando fui a bucear a la Gran Barrera de Coral en el noreste de Australia. Luego de varias horas de navegación mar adentro, nos lanzamos al agua en nuestra primera inmersión del día. Fue como estar visitando un cementerio: corales muertos, sólo 2-3 peces en varios cientos de metros cúbicos a la redonda, prácticamente no había vida. ¿Qué estaba pasando?

Fue la primera vez que me di cuenta del precario estado en que estaba nuestro océano: La crisis climática está afectando los ecosistemas, se proyecta que habrá más plástico que peces en el mar para el 2040, y hemos exterminado al 90% de los grandes peces sólo en los últimos 30 años. 

La oportunidad que me dio este viaje de conectar con estos animales en su estado más salvaje, cruzar miradas con ellos, darme cuenta de lo similares que son a nosotros, ver lo vulnerables que son ante la crisis que enfrenta nuestro océano, es algo que me cambió la forma de entender la vida para siempre. 

Volví a Chile con la idea de conocer más nuestra costa, nuestro mar, y su gente. Mientras Fabian terminaba su carrera de Ingeniería Civil y yo de Ingeniería Comercial en Santiago, aprovechamos cada oportunidad para escaparnos a bucear: Quintay, Algarrobo, Papudo, Los Molles, Pichidangui, Punta de Choros, Chañaral de Aceituno, Bahía Inglesa, Caleta Cóndor, entre otros lugares. Incluso organizamos junto a Lucas (otro amigo) una expedición de buceo de 10 días a Galápagos (Ecuador). 

fabian koberg y javier bazan buceando en ecuador

Eclipse: Naufragio en el océano Pacífico 

Era marzo de 2019 y todo Chile hablaba del eclipse que vendría en julio. Yo estaba comenzando a salir con Catalina, a quien había conocido algunos meses atrás mientras trabajaba en Santiago. Fabian, Lucas y yo, estábamos haciendo planes para nuestras vacaciones de invierno. Estábamos pensando en ir a bucear a Punta de Choros, uno de nuestros “spots” favoritos. Decidimos ir “sin parejas” para tener un tiempo entre amigos, y a última hora el perro de Lucas se enfermó y él no pudo viajar. Era fines de junio y con Fabian nos aventuramos en un auto, cargados con una carpa, y nos fuimos caleteando hacia el norte por la costa

Ya en Punta de Choros decidimos ir a bucear con uno de los pocos centros de buceo local. Si bien el clima no era el mejor, decidimos adentrarnos e ir al punto de buceo más alejado de la costa. Notamos cierto descuido por parte del tour operador con ciertas cosas. Sin embargo nos dijimos: «Él sabrá lo que hace». Llegamos al punto de buceo y nos lanzamos al agua para nuestra primera inmersión. ¡El punto era extraordinario! Con mucha vida, una visibilidad increíble. Buceamos por cerca de 45 minutos, y puedo decir con certeza que es uno de los mejores lugares en que he buceado en Chile. 

Bajamos junto al guía, por lo que la embarcación quedó sin tripulante a bordo. No le tomamos el peso a ese detalle de seguridad que más tarde sería crucial. Al salir del agua nuestra embarcación no estaba. Literalmente. Se la llevó el mismo océano y habíamos perdido su rastro. Di una vuelta en 360º a mi alrededor y sólo vi el mar y el horizonte. Parecía un sueño, una película. No lo podía creer. “¡Nos mató este tipo!”, le grité a Fabian, que tenía los ojos más abiertos y sorprendidos que había visto en toda mi vida. Estábamos a la deriva, en invierno, con un oleaje fuerte y creciente, a sólo 5 horas de la puesta de sol, y sin ver la costa. ¿Lo peor? Nadie sabía que estábamos ahí, pues el tour operador no notificó el zarpe. 

A estas alturas, el tour operador había entrado en un estado de pánico y se notaba que estaba en shock. No decía absolutamente nada coherente, más que uno u otro indescifrable balbuceo. Fabian y yo, entre todo el caos, comenzamos a diagnosticar la situación y evaluar las alternativas. Luego de mirar el clima, el oleaje, y estimar la hora, decidimos comenzar a nadar en una dirección que nos permitiera alcanzar a llegar a la Isla Damas antes que el oleaje nos hiciera derivar más hacia el norte. 

Los tres comenzamos a nadar boca arriba con la ola pasándonos por arriba, esperando que nuestros cálculos fueran acertados y nos permitieran alcanzar la Isla Damas esa misma tarde, pues de lo contrario nuestras chances de llegar a tierra firme sin sufrir hipotermia eran mínimas. Nadamos mirando el cielo, con gaviotines rodeándonos. No supe descifrar si la aparición de estas aves era una buena o mala noticia. Preferí pensar lo primero. 

Estos son los momentos donde tu cabeza comienza a hacer reflexiones profundas. Me pregunté qué hacía trabajando en Santiago, lejos del mar. Me pregunté también por qué no le había pedido pololeo a Catalina, si estaba enamorado de ella. Lo único que me trajo calma fue saber que si ese día iba a morir, iba a morir haciendo lo que amaba: bucear.

fabian koberg y javier bazan fundadores bahari
Fabian Koberg y Javier Bazán, dos de los tres fundadores de Bahari.

Luego de dos horas de intenso esfuerzo, comenzamos a divisar el faro de la isla. «¡Estamos avanzando!», nos dijimos para darnos ánimo. Los calambres en los abdominales y en las piernas hacían difícil mantener el ritmo, pero ver el faro a lo lejos nos daba fuerzas para continuar. Cerca de una hora después llegamos a la deshabitada isla, sin antes arrastrarnos por el resbaladizo roquerío de la costa. El sol estaba a pocos minutos de ponerse. ¡Lo habíamos logrado! 

Usamos una cabaña de Conaf deshabitada para darnos cobijo. Si bien no había linternas, ni radios, ni megáfono, tuvimos la suerte de encontrar gas, ropa, y comida. ¿Qué más podíamos pedir? Nos vestimos de Conaf e hicimos señas SOS al continente con la linterna de la GoPro que llevábamos con nosotros, y la mínima esperanza de que alguien divisara la pequeña luz de la linterna. Cerca de las 12 de la noche, divisamos un bote de pescadores a lo lejos que se acercaba a la isla. Los pescadores habían divisado nuestras señales, y la esposa del operador los alertó sobre nuestra desaparición. Venían a nuestro rescate.

Al volver a tierra firme los locales nos comentaron que el centro de buceo no tenía una buena reputación, y que el tour operador no tenía la menor preocupación por la seguridad de sus clientes. «¿Por qué nadie sabe de esto?», nos preguntamos. 

En resumen, el tour operador cometió una serie de errores consecutivos, y nosotros no fuimos capaces de darle la importancia que tenían:

  1. La embarcación siempre debe tener un capitán a bordo mientras el resto bucea.
  2. El cabo de la embarcación debe ser suficientemente largo y fuerte para soportar el oleaje sin romperse (que fue lo que pasó en este caso).
  3. Siempre se debe avisar a un tercero en tierra y/o a la capitanía local la hora del zarpe y cuándo es tu hora estimada de retorno.
cabo nautico embarcacion
Los cabos son las cuerdas utilizadas a bordo (como en la foto).

Nada de esto había sucedido en nuestro caso. Para nuestra suerte, nosotros mismos logramos sacarnos de esa situación. Fabian contaba con numerables cursos de sobrevivencia, yo con más de 200 inmersiones de buceo en el cuerpo, y ambos conocíamos mucho la zona al haber buceado ahí al menos unas 10-15 veces antes. Pero esta historia sería totalmente distinta si los involucrados fueran personas sin experiencia en el buceo, sin un buen estado físico, y/o sin el entrenamiento adecuado.

No quiero que nuestros lectores se confundan. Quiero ser muy claro: el buceo —así como la mayoría de las actividades en el agua— son actividades seguras si se toman todas las precauciones necesarias y si el anfitrión de la actividad se asegura de que así sea. Y en este caso, el tour operador cometió una serie de errores consecutivos y deliberados que terminaron en un desastre. Por nuestra parte, cometimos el error de no levantar las alertas cuando debíamos. Fuimos nosotros mismos los que nos expusimos a este riesgo. Es como aventurarse a un viaje por carretera con un auto sin mantención, sin revisión de frenos o del motor, y sin preocuparse de que los neumáticos tengan el aire necesario. Es un riesgo gigantesco, pero de tomarse las medidas correctas, los accidentes son totalmente evitables

Al día siguiente fue el eclipse. Lo avistamos acampando en una playa más al norte que estaba deshabitada, reflexionando sobre lo que había pasado el día anterior. Fue un momento muy especial. Fue esa misma tarde cuando empezamos a hablar sobre ideas de un negocio rentable que ayudara a que más personas entraran al agua de manera segura. También acordamos una cosa: queríamos empoderar a los anfitriones locales que estuvieran haciendo las cosas bien. Nuestra idea debía cuidar a los viajeros, al emprendimiento local, y al medio ambiente. 


Entonces, decidimos lanzarnos a emprender con Bahari

Después de esta experiencia volvimos a Santiago y compartimos nuestra idea de negocios con amigos. Muchos nos miraron incrédulos, como diciendo: «¿Cómo es posible que quieran emprender en algo como eso si acaban de tener una experiencia tan trágica?». Precisamente por eso, respondíamos. Queremos que más personas entren al agua de manera segura, informados, y que nadie vuelva a tener una experiencia como la nuestra

Entre tanto ya estaba pololeando con Catalina, quien de tanto escucharnos a hablar de nuestra idea de negocios, se terminó convenciendo. «Acá se puede hacer algo potente, no solo para ofrecer experiencias seguras, si no que también para colaborar con el turismo local y el medio ambiente», dijo. Así fue como Catalina se terminó convirtiendo en la tercera fundadora. En 2020, Fabian, Catalina y yo comenzamos a dedicarle tiempo al proyecto. Fabian se encargaría de la tecnología, yo de la parte comercial, y Catalina del marketing. 

catalina flaño fundadora bahari
Catalina Flaño le da el power femenino al equipo de fundadores de Bahari.

Partimos con el nombre Oceana Experiences. Creamos la marca, y estábamos por lanzarnos cuando Oceana (la ONG internacional), nos contactó solicitando que cambiáramos el nombre para no ser confundidos con nosotros. Ya habíamos invertido suficiente dinero en la marca como para echarnos atrás. Sorprendentemente, Oceana decidió colaborar con parte de lo ya invertido, y nos permitió re-brandear toda nuestra marca. Nos gusta pensar que fue porque vieron que nos preocupaba el medio ambiente. Así fue como nació Bahari. 

Escogimos el nombre Bahari porque sonaba “caribeño y simpático”. Además, significa “Persona de Mar” en swahili (lengua que se habla en Kenia y Tanzania), siendo el emblema perfecto para invitar a más personas a vivir experiencias en el agua. 

portada bahari web
Así luce nuestro sitio web, donde buscamos que más gente se enamore del océano.

Ahora tocaba romperse el lomo 

Juntamos todos nuestros ahorros personales, renunciamos a nuestros respectivos trabajos y comenzamos a darle vida a Bahari. Era hipócrita decirle a nuestros clientes que entraran al mar desde una oficina en Santiago, así que arreglamos una casa rodante del 85’ y nos lanzamos a recorrer la costa de Chile. Visitamos más de 60 anfitriones presencialmente, y hablamos por teléfono a más de 400 operadores locales. 

Muchas personas se reían cuando nos veían llegar en nuestra destartalada casa rodante, y con el improbable sueño de convertirnos en una plataforma para que más personas disfruten del mar. Sonreían divertidos, y dijeron que les encantaba la idea, y que estarían dispuestos a ofrecer sus actividades en Bahari, no por el lugar en el que estábamos en ese momento, si no por lo que queríamos lograr. 

fundadores de bahari

Hablamos y entrevistamos por horas a los anfitriones y a potenciales clientes, y discutimos sobre cómo Bahari podría crearles valor. Aprendimos mucho sobre lo que la gente necesitaba, su amor por el océano y su territorio, por compartir, la molestia de reservar experiencias y la complejidad de operar un centro de buceo, kayak, vela, etc.

Aprendimos lo que estaban pensando y vimos un fenómeno mirándonos directamente a los ojos: el 80% de los operadores no estaba digitalizado, y tenían problemas para vender lo suficiente. Al mismo tiempo, sabíamos que existía un movimiento masivo y creciente entre personas de todo el mundo que buscan experiencias outdoor. Nuestro negocio estaba en conectar esos puntos. 


Sacar adelante Bahari en plena pandemia

Con la pandemia en su máximo esplendor, y haciendo uso de los últimos ahorros que teníamos, lanzamos la primera versión de Bahari. Nuestra página web no era la mejor, pero funcionaba. Si no estás completamente avergonzado por tu primer lanzamiento, entonces lo lanzaste demasiado tarde. Y estábamos avergonzados.

Las cuarentenas y la falta de apoyo real al sector han sido —y siguen siendo— desafíos realmente duros. A pesar de eso seguimos empujando e inspirando a muchos a sumarse a Bahari. Así fue como tuvimos la suerte que CORFO Antofagasta confiara en nuestro proyecto, y colaborara con financiamiento para apoyar la digitalización de anfitriones locales en Antofagasta. 

Lo anterior nos ha permitido mejorar la tecnología, contratar un equipo increíblemente talentoso, y crecer rápidamente. Ya estamos colaborando con más de 90 anfitriones locales, más de 15 de ellos en Antofagasta, y seguimos creciendo rápidamente: 5 anfitriones y 25 experiencias a la semana. 

Todos los anfitriones que trabajan con nosotros operan de forma segura y cuentan con sus certificaciones/permisos al día. Si reservas tu experiencia favorita en Bahari, queremos que tu única preocupación sea disfrutar ese momento al máximo.

Escribiendo esto en agosto de 2021, es difícil creer que sólo han pasado 18 meses desde que comenzamos con la idea. Parece como si fuera ayer, pero se siente como hace 5 años. Nos gustaría agradecerle a todos los que nos han apoyado en este viaje: a nuestra familia, a nuestro equipo, a nuestros anfitriones, a nuestros clientes, y a CORFO Antofagasta. Sin ustedes, Bahari no sería posible. 

Seguimos soñando y trabajando por hacer de Bahari una plataforma que nos haga sentir orgullosos a todos, que desafíe a más personas a conectarse con el mar, que empodere a más anfitriones locales a ser guardianes de su territorio, y que nos haga darnos cuenta que el cuidado de nuestro océano depende sólo de nosotros, y de nadie más. 

Con cariño,

Javier, Catalina y Fabian.



Javier Bazán

Cofundador de Bahari. Emprendedor, Ing. Comercial, buzo y navegante. Trabajo para democratizar el acceso al mar e inspirar al mundo a cuidar nuestros océanos.

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